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Las redes sociales son una excelente oportunidad para conectar con los demás, compartir experiencias positivas, aprender, informarnos y hasta denunciar toda clase de injusticias sociales. Pero también son el escaparate ideal para que las personas se inventen vidas perfectas que en realidad no tienen.

La generación Z, que nación con un celular en la mano, presenta los niveles históricos más preocupantes de depresión y de baja autoestima. ¿A qué se debe?  a que están expuestos de manera permanente a contenido que muestra apariencias perfectas y que al mismo tiempo pretende ser espontáneo y casual. Que el problema en los centennials esté alcanzando un grado irrisorio, no significa que los millennials no padezcamos algo muy similar.

No seamos ingenuos. Lo que publicamos en redes sociales es cualquier cosa menos un reflejo fiel de nuestra vida: las usamos para construir una imagen aspiracional que muchas veces se aleja bastante de lo que somos. Tú sabes qué trucos utilizas para que tu día parezca mucho más interesante y cool de lo que realmente es, pero lo más probable es que publiques solo las cosas positivas y tus mejores ángulos junto con filtros favorecedores.  De hecho tiene sentido que no andemos por allí compartiendo nuestras malas decisiones financieras ni fotografías que nos hagan lucir doble papada, simple y llanamente porque todos queremos proyectar la mejor versión de nosotros mismos y documentar para la posteridad lo momentos buenos, no los malos.

Pero la moneda tiene dos caras, y detrás de cada desayuno perfecto con iluminación vintage y moras frescas que aparece en tu feed, hay un ser humano con problemas, frustraciones y malos ratos, igual que tú, igual que todos nosotros.

Comparar tu vida con la que los demás muestran en sus redes sociales siempre va a dejarte en desventaja porque no es un terreno de juego limpio y mucho menos justo. Lo mejor que puedes hacer es asumir que estás viendo su cara más positiva, sus mejores momentos, o un reflejo de sus aspiraciones.

Entonces ¿tenemos que acusar de hipócritas y falsas a todas las personas que consiguen un montón de seguidores en redes sociales? ¿dar de baja nuestras cuentas de Facebook y Twitter? ¿aislarnos de la avalancha de mentiras mediáticas que nos acecha desde la pantalla de nuestro teléfono?   No. simplemente tenemos que aprender a utilizar nuestro criterio y dejar de compararnos.

Hay un montón de influencers cuya fama y cuyo éxito se han construido precisamente alrededor de las apariencias superficiales, y por desgracia cada día son más. Pero también hay muchísimas propuestas reales: personas que utilizan las redes para conectar con su público en un nivel humano, para compartir contenido útil y positivo y para mostrar un rostro genuino que no busca generar envidias, sino crecimiento y desarrollo.

La tecnología que nos rodea, la inmediatez de la información y el flujo vertiginoso de contenidos que aparece frente a nuestros ojos puede ser una gran herramienta en todos los aspectos de tu vida, o una fuente infinita de frustración, envidia e infelicidad.  No puedes categorizarte ni etiquetarte como “mejor” o “peor” que la imagen que estás viendo, por que tú eres un ser humano real y esa imagen no lo es. Está diseñada para ser aspiracional perpetua, dicho en otras palabras, está pensada para que, sin importar lo que hagas, nunca te sientas igual de bueno. Así que no caigas en la trampa.

Compararte con los demás no te lleva a ningún sitio. Buscar una versión más feliz de ti mismo, sí. Deja de tratar de parecerte a nadie. Comienza a dedicarle toda esa energía y esfuerzo a tu propio ser.